SIEMPRE. Capítulo 3

Capítulo 3

DEBILIDAD

 

 

   Creo sinceramente (incluso ahora) que ésa fue la primera noche que dormí totalmente llena de paz. Efectos de la alegría, quizá… o puede que la emoción hubiese hecho su jugada.

   En cualquier caso, los altercados en el “Ático”, las situaciones peligrosas, la angustia por aguantar y muchas más cosas me dejaron de afectar excesivamente, pues por fin había encontrado otra muleta para sobrevivir.

   Cada dos días, Reiki y yo quedábamos de nuevo en el prado, y explorábamos todo el monte (e incluso alguna montaña que nos pillase cerca), disfrutando cada bocanada de aire limpio, andando hasta que nuestras piernas no pudiesen más con nosotros, y en algunas pausas, hablando de nosotros mismos.

   Por lo que me fue contando de él, supe que no vivía en Belné, que estaba de viaje por una reunión de amigos (no me quiso explicar el motivo en ese momento), y por acabar ciertos exámenes para la Universidad de allí (lo cual me tuvo que explicar para que lo entendiese, ya que yo jamás había estudiado). En Belné, no tenía más familia que una tía, que había venido por motivos propios, más bien negocios. Era la dueña de una fábrica de zapatos, y tramaba venderlos por Belné.

   Yo no dudé en contarle mi situación de vida e incluso mi forma de pensar de ella. Puede que me saltase la parte de robar ciertas cosas necesarias o lo indicase resumidamente y con indiferencia para cambiar rápidamente de tema, pero entendió que no era algo fácil de explicar, e incluso no comentó ni preguntó nada.

   Llegó el final de mes, y con él, las primeras señales de que el verano se acercaba. Había días en los que el calor era insoportable y nadie era capaz siquiera de moverse, y otros en los que alguna brisa ligera nos aliviaba brevemente.

   Era un día nublado el que aún no sospechaba que sería especial. Cuando me encontré con Reiki en el extremo del caminito de siempre, tenía un semblante serio, pero no parecía indicar nada negativo.

   -Parece que hoy va a ser un bochorno de tiempo -dijo empezando la conversación.

   -Es lo que tiene este sitio -respondí-. Aquí hacen tiempos extremos.

   – Se ve, se ve… ¿Podemos dar una vuelta por otro camino hasta el Roble Faro, donde te llevé la primera vez? Aún no hemos explorado esa zona.

   -Estupendo. Total, te podría haber propuesto algo parecido.

   Existía un camino alternativo que se adentraba en la parte más densa del bosque, pero sabiendo dónde se estaba, se podía volver de nuevo al mismo sitio o incluso otro conocido.

   Lo seguimos al llegar a él, y empezamos a notar que la sombra se extendía bajo las ramas de los árboles que cubrían casi todo el cielo. Por supuesto, se agradecía con el calor que hacía, pero a la vez… daba escalofríos.

   Entre los troncos, la oscuridad confundía y era dueña de la posibilidad de mostrar siluetas sigilosas y acechantes. A los pocos minutos, se oyó algo. No sabía con certeza lo que era en ese momento, pero llevaba aguantando todo el rato los nervios que tenía e impulsivamente agarré el brazo de Reiki, tensé mi cara y doblé un poco mis piernas. Su sobresalto me dio otro, pero más discreto.

   -¡No me des esos sustos! -se quejó-. Yo también he oído algo, pero no parece peligroso.

   Se repitió el sonido. Era un eco, pero lo pude distinguir como un aullido.

   -Y suena a algo desesperado -siguió hablando-. ¿Es un animal? Espero que la situación no sea grave.

   Seguimos cautelosamente el eco de los agonizantes aullidos. En unos segundos lleamos al sitio de procedencia, y no pude evitar dar un grito ahogado por la impresión.

   Un perro alado, con la cabeza alzada, aullaba buscando ayuda. Era marrón, de pelo corto. Sus alas eran grisáceas y puntiagudas, de un tamaño no muy grande pero que tampoco se podía considerar pequeño. Una de sus patas se había quedado atrapada en un cepo dentado, lo cual, aunque yo no lo estuviese sufriendo, podía comprender que era algo realmente doloroso.

   Rápidamente me dirigí al animalito para socorrerle, y Reiki se quedó donde estaba, anonado por lo que estaba viendo.

   -¿Qué pasa? -le pregunté-. ¿Nunca has visto un perro alado?

   -La verdad… -tragó saliva- es que no. Y no estoy acostumbrado a verlo.

   -¡Aunque sea así, no te quedes ahí y ayúdame! -grité- ¡Este cepo no se abre fácilmente!

   Pareció volver con los pies en el suelo, porque en un pis pas le tenía a mi lado, ayudándome a abrir el cepo. El perrito sacó su pata y su aullido fue como un desahogo tras el dolor.

   Reiki y yo mantuvimos las manos con el cepo abierto, dándonos cuenta de que éste nos podría partir los dedos al cerrarse. A la señal de “un, dos, tres” sacamos las manos a la vez y de forma rápida, y el cepo se cerró, dando un mordisco intenso en el aire.

   El perrito se había escondido tras el rite más cercano, temblando. Fui acercándome a él lentamente, diciendo:

   -Tranquilo. No te pasará nada. Tranquiilo…

   Oí detrás mía a Reiki decir:

   -Mira por dónde, esto me recuerda a algo…

   Moví la cabeza para mirarle, y pude atisbar una sonrisa. Comprendí a lo que se refería, y sonreí también. Volví a donde estaba y seguí acercándome al oculto animal.

   -¡Ah, no me acordaba! -escuché que Reiki comenzaba-. La época de  caza ha empezado antes que de costumbre. Se me olvidó avisarte de que tuviéramos cuidado de las trampas que han colocado por todo el bosque.

   -Y el pobre se habrá quedado deambulando al perder a sus compañeros -dije.

   Mi mano fue aproximándose a su hocico. El perro ni se inmutó. Pero cuando mis dedos se acercaron lo suficiente, él se fue confiando, bajó las alas y salió de detrás del árbol, mirándome fijamente.

   Le sonreí, y creo que con eso adivinó que yo quería ser su amiga. En un momento le tenía en mi regazo lamiéndome la cara como dándome las gracias por el favor.

   “Pobrecito. Tú también te has quedado solo…” pensé para mí misma.

   Y le abracé suavemente. Me ahorré el lujo de dejar salir una sola lágrima. No quería exponer a la luz mi debilidad esta vez.

   El perrito sacó su cabeza sobre mi hombro, y echó un vistazo a Reiki. Él también, poco a poco, se dirigió a donde estábamos, y el perrito saltó de mis brazos, fue corriendo hasta Reiki, y cuando éste le puso la mano, para acariciarle, se la lamió de golpe.

   Reiki apartó la mano, como asustado, pero se calmó.

   -Repito -volvió aindicarme-, no estoy acostumbrado a este tipo… de animales.

   El animal se quedó dando saltos entre nosotros. Yo me puse de pie e intercambié con Reiki miradas intuitivas.

   -¿Se va a quedar con nosotros? -preguntó al haber adivinado mis intenciones.

   -No por mucho tiempo -contesté-. Creo que se ha alejado de su jauría porque estaba cansado del largo viaje. En esta época, se van a sitios frescos o más fríos, porque no aguantan este calor con su piel. Tendremos que esperar con él hasta que otro grupo de los suyos pase por aquí.

   -Está bien… -dijo Reiki.

   Mirando al perro, me preguntó:

   -¿Es… peligroso cuando se enfada?

   -Hombre… muerde y te puede cortar de cuajo la mano, y ladra que no veas. Pero nada importante -respondí con esa irónica broma.

   Le costó intuir que no hablaba en serio. Seguimos nuestro rumbo al Roble Faro, con el perrito siguiéndonos. Encontramos en una ocasión otro cepo, pero por suerte estaba lejos de nosotros, y el perro sólo gruñó, sin intentar volver a caer en el mismo error.

   Al final, llegamos al Roble, y nos subimos en las ramas que recordábamos. El perrito, por su parte, se quedó volando y revoloteando cerca de donde estábamos.

   Tras un silencio tranquilo, Reiki comenzó a hablarme:

   -Yo… nunca he contado esto a nadie, y creo que puedo confiar en ti, porque no te reirías de mí.

   -¡Buah! -respondí-. Tranquilo. Ni una sola carcajada saldrá de mi garganta.

   -¿Sabes? Soy músico… es decir, alguien que se dedica a la música, que le da una forma de expresión, y que hace nueva música.

   -¿En serio? -inquirí, asombrada. A mí me gustaba lo poco que había oído de música, pero tuve el presentimiento de que nunca llegaría al nivel que él tenía.

   -Sí… y por eso, he hecho con unos amigos un grupo. Un grupo de gente que comparte la misma ilusión, y que tocan todos juntos música, para ellos mismos y para el resto de personas.

   -¡Eso está genial!

   -¿Verdad que sí? Y este verano empieza un concurso, de grupos y cantantes (personas que cantan), que te lleva a la fama en el mundo entero. Ahí es cuando me pongo a imaginar… a fantasear sobre lo lejos que podríamos llejar. Y aquí es donde te quiero decir esto confidencialmente, Salyan… Hace tiempo un profesor muy especial me dijo: “Hay cosas muy poderosas que pueden llegar a más de un mundo, incluso combinadas con otras, y creo que las artes, combinadas con algo poderoso como los sueños y los sentimientos, también pueden”. Mi sueño es… que mi música llegue lejos, realmente lejos, incluso hasta mundos desconocidos.

   Tras un momento en el que Reiki se adentró en sus pensamientos, dije:

   -Quisiera ayudarte, pero creo que no lo necesitarás. Yo sé que algún día… conseguirás cumplir tu sueño.

   -Ya me estás ayudando -me contestó-, dándome confianza. Y aunque sé que es difícil que consiga cumplir mis expectativas, contigo se me hará menos duro.

   Noté que el perrito, de vuelta de su excursión, estaba delante mía, mirándome con un brillo en los ojos.

   -Me gustaría ponerle un nombre -dije.

   -¿Para qué, si no es nuestro? -me preguntó.

   -Para poder reconocerlo entre sus compañeros si nos lo volvemos a encontrar, cosa que dudo. ¡Pero me hace ilusión!

   -Como quieras.

   -Me gustaría un nombre corto, pero mono, sobre todo.

   -Mi tía tenía un gato, descanse en paz -añadió esto último con sarcasmo-, que se llamaba Meru.

   -Mmm, no me convence. Meru… Mebu… ¿por qué no Mibu? ¡Estaría bien!

   -Sí, adelante.

   Me dirigí al perro y le dije:

   -¡Hola, Mibu! ¡Mibuu! ¡Ven aquí!

   Mibu (ya recién bautizado, por así decirlo) soltó un ladrido alegre y apoyó su cabeza en mi vientre, mientras yo me ponía a acariciarle.

   De repente, Reiki y yo empezaos a oír, a lo lejos, un batir constante de alas. Luego se transformaron en aullidos, y después, en ladridos. Mibu movió la cola, contento por haber encontrado otro grupo.

   -Oh, ¿ya te vas? -le hablé, con tono melancólico-. Qué pena… Me lo estaba pasando tan bien contigo…

   Mibu me miró con cara tierna, como diciéndome “gracias”. Se puso a mover las alas, voló hasta Reiki, le lamió la cara y luego se fue con sus nuevos compañeros, uniéndose a sus ladridos hasta que dejaron de sonar. La jauría ya no era más que unos puntitos entre las nubes.

   -¡Uahh! ¡Qué asco! -exclamó Reiki-. Espero poder volver pronto a casa para lavarme la cara. Pero creo… que en el fondo ese chucho me empezaba a caer bien.

   Sonreí con él, mientras las nubes empezaban a oscurecerse, y caía la primera gota de una intensa lluvia nocturna.

 

****************

 

    Cuando volvimos a entrar en la ciudad, Reiki me miró de nuevo seriamente, y se quedó quieto, plantado en su sitio.

   -¿Qué ocurre? -le pregunté, intrigada.

   -Me gustaría que hoy me llevases a donde vives. Ya sabes, para conocer un poco más de ti, y tal… -repuso él.

   Mi cara se tornó pálida en un segundo. La localización del “Ático” era algo totalmente secreto, pues quién sabe si la Guardia Nacional podría echarnos a todos de allí y dejarnos sin refugio… sóo con que alguien supiese nuestro secreto y lo dijese a alguien más.

   -No será por algo más, ¿verdad? -inquirí, empezando a ponerme nerviosa.

   Reiki intuyó que no era algo tan sencillo lo que me estaba pidiendo, pero no se alteró y me respondió:

   -No, al menos, no ninguna conspiración por mi parte -se rió de sí mismo, lo cual me puso más nerviosa-. Pero sí es que está empezando a llover y mi casa está lejos. Me quedaría hasta que dejase de llover.

   Suspiré. Definitivamente, no iba a salir nada bueno de aquello. Le agarré de la muñeca con fuerza, me acerqué bruscamente hasta que su oído quedó al lado de mi cara y le susurré:

   -¿Prometes no decir a nadie más lo que veas, uelas, oigas, toques o sientas en ese sitio?

   Reiki llevó mi cara a sus ojos con la mano, y mirándome me dijo:

   -Lo prometo, porque empiezo a intuir que es importante para ti.

   Su sinceridad parecía no tener explicación. En cualquier caso, agarrándole vigorosamente, le llevé a la esquina de la posada y nos escondimos un segundo. Miré discretamente si alguien nos seguía o nos veía, y recorrimos la pared pegados a ella.

   Recuerdo que Mama me dijo para que no me perdiese: “En la mano izquierda de la posada, al fondo, busca la S, baja las escaleras, y en la pared derecha, con 10 pasos y 3 golpes, las palabras “Libertad para la voluntad” te dejarán entrar. Pero si alguien te ve, la desgracia atacará a tu espalda.”

   Repetí todas las indicaciones, una a una. En la parte izquierda de la posada, la primera puerta de madera y gris del fondo tenía una S diminuta marcada cerca del pomo. Abrí la puerta y bajamos las escaleras. Aproveché para mirar a Reiki y noté que parecía asombrado.

   El vertedero de la ciudad era bastante espacioso, y olía bastante mal. Reiki una vez me advirtió sobre mi olor, pero le hice asegurar que no lo notaba mucho. Los encargados del sitio, que nos conocían y entendían nuestra situación, procuraban dejar allí la basura con la mayor discreción.

    La pared de la derecha era bastante grande, pero yo sabía dónde se ocultaba la entrada. Di 10 pasos y golpeé la pared tres veces diciendo en voz baja:

   -Libertad para la voluntad.

   Al momento, la parte central de la pared giró 90 rados, y dejó un hueco para que ambos pudiésemos pasar. Le di la mano y le metí en el hueco conmigo. Cuando entramos, la pared volvió a su estado anterior.

   -¿Cómo habéis…? -balbuceó Reiki, anonado.

   -¿Conseguido esto? -acabé su frase-. Entre nosotros, tenemos un mago que usa magia de la buena. Aparte de reconocer la frase, la pared detecta la mano y determina si es conocida o no. Bueno, ¡sígueme, no te quedes ahí parado!

   La entrada principal era muy simple, pues sólo tenía un grafiti con una lanza partida en dos. Descendimos por las escaleras de un torreón que estaba a la derecha de la entrada. Las escaleras eran angostas y estrechas, y cualquiera podría tropezarse y romperse la crisma.

   Acabamos en otra puerta aún más estrecha. Saqué la llave que tenía guardada en mi canalillo (Reiki desvió la vista instantáneamente), abrí la puerta y pasamos al “Ático”.

   Era una bodega algo baja de altura pero muy amplia. Lo único que la ocupaba, aparte de la gente, eran barriles y mantos tirados por el suelo. El ambiente era húmedo y algo sucio, pues las alcantarillas estaban justo debajo de nosotros, y a menudo veíamos a las ratas dar sus paseos por cualquier rincón.

   -¡Madre mía! -exclamó Reiki.

   -¡Shh! -le chité en voz baja y tapándole la boca- ¿Quieres que nos descubran? Nadie se ha enterado TODAVÍA de que no he venido sola.

   -¡Bah, si quí no veo a nadie! -repuso Reiki, bajando el volumen de su voz-. Además, pronto me iré.

   -Eso espero -le dije, de forma cortante.

   -¿Tenéis vino en estos barriles?

   -No. En ese sentido, están vacíos. Pero están llenos de nuestra ropa y objetos personales, aunque a veces la gente se los… “intercambia”.

   No me importaba que supiese esos detalles, pues de todos modos, él ya había visto demasiado. Reiki comprendió el doble sentido de lo último.

   -¿Y todas esas mantas tiradas por el suelo? -continuó así su ronda de preguntas.

   -Son para dormir, aunque la humedad de este sitio nos lo pone difícil.

   -La verdad es que en estos días de calor viene bien el fresco.

   -No te creas. Los que no están acostumbrados, cuando hace un poco más de frío, pueden resfriarse e incluso congelarse.

   -Siguiente pregunta: ¿por qué llamáis a esto el “Ático” si esto es un sub-sótano?

   -Nunca me lo explicaron, pero sé por qué. No nos… llevamos bien con las autoridades de arriba, y no queremos que nadie sepa dónde vivimos para que ellos no se enteren y nos echen de aquí. Por eso lo llamamos el “Ático”. Hablamos en código incluso entre nosotros, para que si algún día oyen hablar de esto y suben arriba, al ático, no nos busquen abajo. Al menos, eso creo. Dios… no sé por qué te estoy contando todo esto.

   -Tranquila. No tienes que contarme más. Creo que ya sé suficiente.

   Me alivió bastante esa respuesta. Reiki rodeó mi cuerpo con su brazo, y me dejé caer un poco. Estaba realmente exhausta.

   -Con esto puedo y quiero demostrarte que desearía confiar en ti -le dije, de la forma más firme posible-. Prometiste no decir nada. ¿Cumplirás tu afirmación?

   -Mejor dicho, lo prometo -dijo, seguro.

   No necesitamos decir nada más, ni pudimos. Oímos una voz (totalmente conocida para mí) inquirir en alto:

   -¿Ya has vuelto, niñata?

   Rápidamente, empujé a Reiki, para que se metiese tras el barril más cercano, y le indiqué con el dedo que no hiciese ni un solo ruido. Contesté al marido de Mama:

   -Sí, Merrill.

   Avancé hasta donde él se encontraba, y en cuanto le miré, me devolvió la mirada con hostilidad.

   -Has llegado muy tarde. No tendrías que estar tanto tiempo fuera.

   Estaba borracho. Olía a alcohol fácilmente (y aunque hubiese vivido tanto tiempo con ello, aún no sabía de dónde lo habría robado). Me erguí, y entonces vi a alguien tirado en el suelo. De su boca salía un charco de sangre.

   -¡Mama! -grité, alterada.

   Corrí hasta donde yacía, y la puse boca arriba. Estaba casi desmayada, y respiraba todavía.

   -Esa hija de puta… la pillé otra vez cogiendo de mi barril lo que no debe -escuché decir a Merrill.

   Durante un instante, el ambiente quedó totalmente cargado, y mi labio sufrió de un mordisco la rabia que empezaba a invadirme.

   -Tú eres el hijo de puta aquí… -susurré, temblorosa y en bajo, pero con el suficiente volumen para que me oyese-. Si no es por esto, es por otra cosa.

   Me levanté enérgicamente. Las lágrimas tanto tiempo guardadas empezaron a caer, y pintaron el tono de mi voz con el color de la ira.

   -¿Es que no te vas a cansar hasta matarla? ¡Dime, cabrón, que te haces llamar su marido!

   -Con que… la niñata es quien juzga ahora aquí, ¿eh? -noté que daba un paso directo a mí-. Ya decía que ella era demasiado buena contigo. Te ha mimado y malcriado para que luego seas una zorra de mierda… Niñata…

   Mi aguante había llegado a un límite, y aparte, el ataque de furia era difícil de calmar. Me levanté, y le di una sonora bofetada. El tiempo pareció pasar lentamente en aquella pausa, y entonces observé la cara de ese vil hombre. Su rostro contenía enfado y rabia, pero a la vez excitación y satisfacción.

   -Acabas de ser una niñata mala, ¿sabes? Una niñata muy mala -decía mientras se iba aproximando a mí, tambaleándose pero de forma amenazadora-. Ya es hora de que sientas la mano dura que tanto te ha faltado, zorra… Unos azotes no te irán mal…

   Su ceguera le hacía ir torpemente, pero yo tenía una ligera idea de lo fuerte que podía ser cuando se enfadaba, y sabía que en ese caso, acabaría conmigo. Algo del temor que me faltó en mi arranque volvió a mi mente.

   Me posicioné para defenderme y darme una patada en sus partes, pero no me dio tiempo. Un súbito empujón me llevó directa a la pared. Mi cabeza daba vueltas y me dolía, pero aún seguía consciente. Oí un puñetazo y presencié cómo Merril caía de rodillas al suelo. Rápidamente, Reiki me levantó enérgicamente e intentó sacarme de allí.

   Pero me resistí. No podía dejar a Mama en manos de ese borracho.

   -¡Mama! ¡Ella… tengo que…! -chillaba con angustia, rebelándome a los brazos de Reiki que me sujetaban.

   -¡Estará bien! ¡Tenemos que salir! ¡Ya! -me gritó al oído como para que lo oyese alto y claro.

   Yo ya no pude llevarle la contraria. Su firmeza era poderosa, y no era capaz de hacer nada contra ella. Salimos corriendo de la bodega, y subimos las escaleras, tropezando cada dos por tres, pero sin lograr caernos.

   Subimos a la entrada, y al llegar a la puerta, Reiki me instó:

   -¡Vamos! Di lo que tengas qeu decir para salir de este sitio.

   -Pero… Mama… -me faltaba aliento para seguir hablando.

   -¡Te repito que estará bien! ¡Siempre ha sabido sobrevivir! ¿Recuerdas? -repuso, poniéndome directamente en frente suya y sacudiéndome para hacerme reaccionar.

   Empecé a recobrar el aire, y dije lo siguiente:

   -Luchar para realizar.

   La pared volvió a abrirse, y nos marchamos del “Ático”, del vertedero y de la puerta con la S hasta volver a la posada. Llovía intensamente y a torrenciales, y se podía percibir algún que otro trueno.

   -¡Vamos! -exclamó Reiki, cogiéndome de la mano con vigor-. Te llevaré a casa de mi tía sin que nadie nos vea salir de aquí. No debes volver donde está ese hombre.

   Sin darme tiempo a contestar, comenzamos a correr a galope y atropelladamente a través de la lluvia, que nos empapaba fieramente. Yo aún seguía algo atontada por el golpe que me había dado, y por eso no me acordé de mirar el suelo.

   Mi pie hizo hincapié en un agujero de una losa de la carretera, y me caí de nuevo. Antes de que la oscuridad me ahogara por complet, oí unos gritos desesperados llamándome por mi nombre.

   -¡Salyan! ¡No! ¡SALYAAAN!

   Mi consciencia me dejó fugazmente. Otra vez, volvía a demostrar que yo sólo era como cualquier otra persona…

   Débil.

Ángel -prólogo-

Fuiste mi ángel todo el tiempo,

protegiste mi alma entera…

Ahora quiero ser el tuyo,

y mis alas hoy despiertan.

 

REIRO

SIEMPRE. Capítulo 2

Capítulo 2

¿AMIGOS?

 

 

   Aquel día era de los pocos en Belné (la ciudad) en el que el sol lo iluminaba todo, por lo menos en primavera.

   El prado de siempre estaba radiante, lleno de color y aire fresco, pero sobre todo espacio para correr, saltar a mis anchas y disfrutar de un amplio y natural ambiente.

   “Un estupendo 5 de mayo” pensaba yo, contenta de que mi tiempo libre hubiese llegado. Mis cabellos ondulantes resplandecían entre la hierba, mientras yo me quedaba tumbada, observando el cielo azul y oyendo cantar a una goldina* que por allí merodeaba.

   Cuando mi cuerpo hubo disfrutado lo suficiente del relax, empecé a tararear mi nana. Cuando mi familia me abandonó, lo único que dejaron conmigo fueron un collar de cuero (que siempre lo llevo puesto) y una caja de música, cuya melodía me hacía pensar en el ángel de la guarda que nunca había tenido. A veces, cuando subía al tejado del “Ático” para llorar y pensar, me ponía a cantarla, pues no sabía más melodías, y en la “recolecta”, Mama decía: “¿No habéis oído una goldina por aquí hoy?” y mientras la gente decía lo imposible que era aquel hecho por el tiempo que hiciese, me guiñaba el ojo, indicándome que protegería mi secretillo.

   Esa melodía o nana (ya que llegó a dormirme en varias ocasiones) salían de mi boca, expandiéndose por el prado y ambientando el paisaje. Cantar era algo que me hechizaba y me hacía imaginar mil cosas que no fueran mi real situación. Me hacía soñar por tantas veces que los sueños me habían dejado en la oscuridad.

   De repente, oí el crujido de una rama y rápidamente me levanté, alarmada. Y entonces fue… cuando le conocí.

   Era joven, con bigotillo diminuto y algo de perilla, delgado, alto, de pelo moreno y cara resplandeciente.

   –Perdona… eh… –empezó a hablar.

   Y durante el silencio que reinó en aquel instante, tuve un presentimiento extraño, como si aquello, insospechadamente, fuese a cambiar mi vida. Pero pensé entonces que se debía a que llevaba sin respirar durante 10 segundos, y solté mi aliento. Noté un ligero sobresalto por parte de él.

   –Esto –continuó tras la pausa– ¿eres tú la que cantaba?
   Di un paso hacia atrás, silenciosamente, y preparé la postura adecuada para defenderme de cualquier cosa. No me fiaba ni un pelo de ese chico.

   –¡Perdona! –exclamó haciendo señas de disculpa– ¡No quería asustarte! Es que te oí cantar y… no sé…

   Me fijé por un momento en su postura y su cara, buscando algún indicio de que también fuera a darme una “patada Luse”, pero lo único que pude comprobar es que estaba avergonzado… ¿de qué? ¿de asustarme?

   –¡Tranquiila! –su tono se volvió algo más tranquilizador cuando notó mis nervios–. No te haré daño. Me llamo Reiki.

   Extendió su mano en mi dirección. Mi cuerpo no reaccionó ni se movió un solo centímetro, aunque estaba deseando dar otro paso atrás. Pero algo dentro de mí me decía que esperase un poco.

   –¡Venga! ¡Confía en mí! –siguió diciendo–. Parece que esperas que te dispare en la cabeza –añadió una risita a su pequeña broma.

   Entonces, vi un brillo en sus ojos, un brillo que no se reflejaba en ningún muro que hubiera puesto en su mirada, y no sé cómo, al verlo supe que estaba siendo sincero.

   Di un paso adelante, y el chico pareció volver a dar un salto, pero se mantuvo en su sitio. Dejé de tensar mi postura y poco a poco empecé a andar a donde estaba. Poco a poco, yo también extendí mi mano hacia la suya.

   Y poco a poco, empecé a confiar en él. Reiki…

   –¿Estás ahí? –oí su voz curiosa.

   Yo estaba ensimismada, ya que él me apretaba sin fuerza la mano y la movía de arriba abajo. Era algo que me resultaba entonces… extraño.

   –¿Nunca te han saludado? –cambió su pregunta.

   Por primera vez, mi sonrisa se mostró… ¿divertida?

   –No de esta forma –respondí, aún sonriendo–. Y tampoco es que me saludasen mucho.

   Su mirada contenía un toque de sorpresa, pero le contagié mi sonrisa.

   –¿Cómo te llamas? –me preguntó–. Porque espero no ser el único que se ha acordado de presentarse.

   Ese chico me empezaba a caer muy bien, y nos contagiábamos mutuamente la soltura.

   –Algunos me han llamado “pobrecita”, otros, “niñata”… pero tú puedes llamarme Salyan –respondí, sin importarme haberle revelado aquello. Así de rara es la confianza.

   Volví a notar en su rostro que estaba sorprendido, pero contestó a mi presentación: “Encantado” y se dio la vuelta.

   –¿Te apetece venir a dar un paseo? –me propuso.

   Por un momento, sentí el impulso de dar un saltito de alegría. ¿Era posible que por fin no molestase a alguien con mi compañía.

   –Claro –contesté, siguiendo sus pasos, pues ya se había adelantado.

   La parte del bosque por la que empezamos el recorrido estaba llena de rites*, bastante juntados y con poco espacio, pero nosotros íbamos haciendo un zigzag por un rumbo que creo que Reiki ya tenía en mente.

   –No sé que haces sola en un sitio como éste –iba comentando por el camino–. ¿No tienes miedo de este bosque?

   Fui yo la que me sorprendí con esa pregunta.

   –¿Tendría que darme miedo este sitio? –fue mi respuesta a aquella pregunta.

   Una corta pausa. Imaginé que Reiki estaba pensando algo para sí. Un buen punto en común, pues yo también lo hacía.

   –No, si… te entiendo –repuso mientras seguía caminando–. A mí tampoco me asusta este sitio. Es más… es mi refugio… –casi solté un gritito de alegría cuando llegó a esa parte– cuando quiero estar solo.

   Lo único que me atreví a decir, fingiendo alegría indiferente, fue:

   –¿De veras?

   En ese momento, pensé para mí misma:

   “No sé que me pasa con este chico, pero me da una sensación… tan cálida”

   Había encontrado a alguien muy especial y (tonta de mí) aún no lo sabía. Tras unos minutos de caminata, llegamos al enorme tronco de un roble. Reiki empezó a trepar por él.

   –¡Venga, sube tú también! –me gritó desde arriba.

   Yo ya tenía cierta experiencia en trepar árboles desde que lo empecé a intentar en mis primeras excursiones, así que en un pis pas, subí y me senté en la rama opuesta a la que estaba Reiki.

   El paisaje era distinto que el del prado, pero igual de maravilloso. Las montañas podían verse incluso más cerca, y Belné se veía abajo, pequeña como una casa de muñecas entre un montón de árboles.

   –¿Lo ves? –su voz empezaba a sonar melancólica–  Este es un buen sitio para reflexionar sobre muchas cosas. Sobre la vida, las experiencias, los amigos…

   El tono de mi voz comentó a parecer sombrío con mi respuesta:

   –¡Ja, tú tienes la suerte de tener amigos! A mí, cada vez que me he intentado acercar a alguien, me han echado a patadas o han creído deliberadamente que soy invisible.

   Un silencio, frío repentinamente, acompañó a las lagrimillas que empezaban a brotar de mis ojos.

   –Pues a mí me gustaría… –dijo de forma inesperada– ¡ser tu primer amigo!

   Nunca podrá saber cuánto me ayudó aquella frase que me dedicó en ese instante que pareció no tener fin. Había deseado que fuese mi primer amigo, él lo había adivinado y aceptado, y también… ¡lo deseaba! ¡Cuánta sinceridad puede caber en una persona, aparte de falsedad!

   Las lagrimillas cayeron, pero ni una más salió. Mi sonrisa volvió, amplia a más no poder, cuando pronuncié una simple palabra:

   –Gracias.

   El silencio regresó, pero ya no era extraño ni triste. Simplemente, cada uno se concentró en sus propios pensamientos mientras disfrutábamos del ambiente y nos relajábamos.

   De este modo, mientras pasaba el tiempo ante nuestros ojos, no nos dimos cuenta (o quizá no quisimos darnos cuenta) de que el crepúsculo del día había llegado.

 

**************

 

   Hay ciertas palabras indicadas, porque todo esto se desarrolla en un Universo distinto, en un mundo distinto… y por lo tanto, los seres vivos serán distintos, aunque haya cosas en común con la Tierra.

   La goldina es un pájaro negro y violeta que es el que mejor canta entre los suyos.

   El rite es un tipo de árbol delgaducho, con pequeñas hojitas a su alrededor, y el resto, arriba del todo (como los árboles africanos, pero sin serlo).

SIEMPRE. Capítulo 1

Capítulo 1

RECUERDO

 

 

   Recuerdo muy poco de cuando nací, pero lo único que llega a mi memoria es una imagen, melancólica y sombría: mi mano diminuta intentando alcanzar otra infinitamente querida mientras oigo mis propios sollozos subir el volumen.

   Según me explicaba Mama cuando era pequeña y tenía ansias de entenderlo todo, mi familia me había abandonado en la calle, quizá por falta de interés o quizá por no tener que cargar con un gasto más, pero lo que era seguro, a su modo de entender, es que por amor no me habían dejado sola.

   Mama me encontró en un manto cerca de una alcantarilla, llorando a más no poder, y me llevó al “Ático”. A regañadientes, su marido me aceptó en el hogar. Ella me cuidó, me alimentó, me crió e hizo lo que una madre hubiera hecho por su hija, pero sobre todo… me quiso. Fue la primera y única persona en aquellos tiempos que llegó a quererme de verdad.

   Explico algo que a lo mejor no habrás llegado a entender: el “Ático” es el sub-sótano del apartamento donde nos refugiamos. Se utilizaba antes como parte de un vertedero, pero después vinimos nosotros a alojarnos, ya que no podíamos pagar un hogar mejor y allí nos podíamos esconder de los cobradores. Mama, su marido y yo convivíamos con otras personas que también buscaban el amparo de un refugio.

   Todos los días, dos de nosotros nos turnábamos para salir a la calle y “pedir ayuda”, como lo llamaba Mama delante de mí, aunque me empecé a dar cuenta de su verdadero nombre: mendigar.

   En la calle el suelo estaba helado en el frío invierno, y ardiente en el caluroso verano, pero teníamos que aguantarnos, sentarnos y llamar la atención de la gente. Bueno, yo sólo acompañaba a Mama y me quedaba mirando a las personas, sombras iguales sin un movimiento más que sus pasos. Un caso excepcional era cuando un anciano elegante o una fina dama tiraban una moneda al azar, sin apuntar el tiro, obligándonos a buscar entre los recovecos del suelo, a menos que la moneda cayese en una alcantarilla, lo cual era mala suerte.

   Mama me decía en ciertos momentos de aquel “trabajo”: “Ya lo harás tú también cuando seas más mayor”, y me envolvía en un mantón, que según ella habíamos “cogido prestado”.

 

   Cuando cumplí los 9 años, empecé a darme cuenta de ciertas cosas que Mama me había suavizado, otras que experimentaba en mis excursiones por la calle para buscar comida o  mandar recados, pero sobre todo aprendí que las personas pueden llegar hacerse un gran daño entre ellas de cualquier manera.

   Por ejemplo, recuerdo una vez que la vieja Miss Chapette (así se hacía llamar) se guardó un poco de queso y no mencionó nada a nadie. Pero cuando Mama se dio cuenta y dio la voz de alarma, Luse (un chico de 15 años, muy antipático) se acercó a ella y le dio un gran puñetazo, lo cual creo que para él fue una forma de castigar su tacañería.

   Pero lo que más me llegaba era cuando el marido hacía daño a Mama. Algunas noches, oía gritos que no me dejaban dormir, me levantaba y me escondía en un barril. Echando un vistazo sin que nadie me viese, veía al marido gritarle a Mama, insultándola y reprochándole tonterías sin sentido. Y entonces llegaba el momento del bofetón, o en un caso particular, puñetazo. Mama caía al suelo y se erguía medio tumbada, con la boca emanando gotas de sangre. Después, cuando el marido se iba a dormir refunfuñando, Mama me veía venir y me abrazaba, y yo notaba una gota humedeciendo mi hombro (nunca supe si era una gota de sangre o una lágrima), mientras ella se tragaba su dolor y me decía, como intentando acunarme: “Ya pasó, querida…. ya pasó.”

   Yo empezaba a estar harta del mismo ambiente todo el tiempo, así que un día que le tocó el “trabajo” a otra persona, probé a buscar un lugar distinto. Y explorando por la ciudad, encontré un árbol larguirucho, y detrás de él había otros muchos rodeando un caminito. Yo seguí ese camino, sin pensar siquiera que estaba subiendo por el monte de al lado de la ciudad.

   Así llegué a un prado enorme y verde, con vistas de otras montañas, pero sobre todo, con una clara vista del cielo azul, algo que me impresionaba enormemente. La hierba tenía un olor muy natural, y las margaritas y dientes de león se extendían por el prado, luciéndose ante el sol.

   Desde entonces, empecé a ir todos los días a aquel prado, para refugiarme de mi propio refugio. (Como habrás podido imaginar, no tenía a nadie que me acompañase ni pensase en hacerlo nuestro secreto, ya que o los niños ricos me ignoraban deliberadamente o era Luse quien me daba una patada para que me alejase de él.

 

   Y de este modo, crecí, hasta llegar a los 17 años.

   Mi pelo era negro como el ébano, ondulado y con cierto reflejo de luz. Mi rostro era pálido, pero alguna vez había llegado a sonrojarse, y tenía los labios cortos y refinados. Mi cuerpo era algo delgaducho, pero esbelto. Mis brazos y piernas eran palillos de los que se podían doblar fácilmente. El color marrón invadía el iris de mis ojos, “pequeños pero enternecedores” me solía decir Mama.

   Ah, ¿aún no he dicho mi nombre?

   Me llamo Salyan.

REIRO: Siempre -Prólogo-

He aquí una historia o novela (podéis llamarlo como queráis) que he empezado y que será uno de mis mayores proyectos hasta ahora. Espero que os guste ^^.

 

Prólogo

 

   Nunca creí que en mi vida llegaría a este punto… un punto en el que ya no puedes distinguir lo que es real y lo que no es real.

   Mientras la luz de diez focos me ilumina, con los ojos cerrados, me imagino libre de la gravedad, sin más atadura en el suelo que mi voz.

 

   Mi vida ha cambiado de forma realmente radical a como antes estaba. Ahora tienes dos opciones: puedes dejar este libro en la librería donde lo has cogido prestado y olvidar que alguna vez intentaste leer un libro así, o puedes seguir leyendo y descubrir una historia distinta a como las que has leído hasta ahora.

   ¿Quieres conocer mi historia?

   Siéntate y pasa la página.

KARLOS: ~7 Objetivos de un angel~ Cap.1

Todo el mundo cree, que los angeles son seres amables, pacificos, sencillos, humildes… Pero siempre hay una excepcion que confirma la regla.

Nos remontamos a un piso del centro de Roma.  Una chica, joven y dulce, de ojos saltones, pomulos marcados, expresion inmaculada, duerme en su cama, tapada con unas sabanas de seda fina y un almohadón relleno de plumas, confortable y placentero. Dormia, soñaba, sin saber que le puede llegar a ocurrir a una chica de apenas 15 años, con toda una vida por delante, y todavia, sin aprovechar, sin cumplir su destino que le fué concedido… todavia.

Eran las 7 y media de la mañana, cuando Micaela, la criada, una mujer de anchas curvas, piel oscura como el café y unos mofletes rojos como la misma luz que desprende el sol cada atardecer, abrió la puerta de la habitación. Una habitacion muy amplia, con una sola ventana con balcón, techo alto, suelo de marmol fino y paredes pintadas de un tono azul oscuro, llenas de posters, calendarios, estanterias repletas de libros… Al lado de la puerta, habia un escritorio de madera, con origen del siglo XVIII, que tenia toda su superficie cubierta con un ordenador de última generacion y otros aparatos electronicos, aparte de un flexo negro y un portalapices, siempre decorado con estrellas y nubes… a esa niña le gustaba el cielo, deseaba tocarlo, y al fin y al cabo, muchas cosas que deseas, se acaban cumpliendo… Al lado de la mesa, habia otra puertecita, que daba a un baño de tamaño medio, con una bañera antigua, con patas, un armario con toallas, una encimera con un grifo decorado con motivos florales, bañado en oro, y un espejo, grande y siempre reluciente, con más motivos florales. Enfrente de la puerta del baño, en el otro extremo de la habitacion habia una mesita de noche, con un libro, un diario y una flor. A la izquierda de esta menuda mesita se encontraba la ventana, y a la derecha… la cama de la niña, la cama que tanto viviria en aquel tiempo que se avecinaba. Sigamos:

Ruth, la sirvienta, entro a la habitacion, se sentó en la cama, se inclino sobre el cuerpo de la niña y le dijo:

-Señorita Micaela, hora de levantarse, recuerde que ya tiene el desayuno puesto en el comedor-Dijo, con la alegria caracteristica que tenia a la hora de hablar con la dulce niña…

Abrió los ojos, poco a poco, viendo como la luz del amanecer entraba por su ventana, cubierta de cortinas del mas fino Acetato… unas cortinas que serian manchadas proximamente…

SUSURRO DE UN REFLEJO

REIRO:

¡¡Buenaaaaaaas!! ¿Todo bien por aquí, visitantes del ancho mundo de… Internet? xDDD

Hoy leeréis la primera creación que se ha hecho especialmente para este blog ^^. La ha hecho el menda aquí presente ^^ y es un fan-fic de un cómic de terror llamado “Return to Wonderland”. Si lo llega a leer un fan de ese tipo de cómics, lo recomiendo ALTAMENTE *.*

* * * * * *

SUSURRO DE UN REFLEJO

Los ancianos a veces cuentan historias, historias que pueden sorprendernos, engancharnos o… atemorizarnos. Una de ellas es la que se cuenta y parece suceder actualmente:

“Hoy en día, creemos que los espejos no tienen nada de especial, salvo que nos refleja, y eso es precisamente lo que puede peligrar en estos momentos.

Hubo una chica, cuyo nombre el mundo no conocía con certeza, que andaba por una feria, perdida, sin saber a dónde ir. De repente, alzando la vista, vio las patas de un conejillo blanco. Ella, pensando que la llevaría algo importante, le empezó a seguir.

Andando, andando, le volvió a encontrar metiéndose en una misteriosa Casa. Ella, sin dudarlo se metió, sin ni siquiera pensar qué iba a encontrar después.

Todo estaba lleno de espejos, pues, según ella recordaba, era una “Casa de Espejos”. Pero no era una cualquiera. Ella notaba la diferencia, en los ruidos, en los suspiros, en los llantos. En un momento, oyó un susurro, un susurro que a ella le asustaba:

“Vengo… a por ti…”

La chica se asustó tanto que gritó, y uno de los espejos se rompió, dando a lugar a un pasadizo. Ella, sorprendida, se metió y siguió ese pasadizo. Parecía más largo de lo que un pasadizo era normalmente, hasta que de repente se quedó en la nada.

Una “nada” llena de oscuridad, de la que parecía imposible de escapar. En un instante, una luz cegó a la joven y un gran espejo apareció. En él, vio el reflejo de una niña.

Esa niña era rubia, con un lazo negro y un vestido azul con delantal. Sus medias eran blancas y azules, y llevaba unos zapatos negros. Tenía cara de póker, como si no supiera qué decir ni qué… pensar.

La chica la observó detenidamente, y entonces la niña sonrió y soltó unas risas cantarinas.

–¡Hola! ¿Cómo te llamas?

Entonces la joven sintió una punzada de nostalgia y quedó sin poder mover ni un solo centímetro de su cuerpo. Todo su ser estaba paralizado. Entonces, sus labios, inconscientemente, pronunciaron:

–Alicia…

–¡Anda! –exclamó la niña–. ¡Te llamas igual que yo!

Y siguió sonriendo. Entonces, poniendo cara triste y conmovedora, dijo:

–Aquí no tengo con quién jugar. ¿Por qué estás al otro lado?

Alicia respondió:

–No… lo… sé…

Ella ansiaba sin saber por qué dar un paso adelante… un solo paso hacia la irrealidad.

–¿Por qué no pasas aquí? Seguro que nos lo pasamos bien. Ya de verte, me caes muy bien.

La niña “Alicia” volvió a sonreír. Alicia llegó al distinguir al conejo blanco que había estado siguiendo antes. Se fijó en sus ojos por primera vez, que estaban rojos y llenos de sangre. Por alguna razón, a ella no le extrañó.

–¡Venga, ven! –insistió “Alicia”–. Ya verás qué bonito se está aquí…

Y se fue corriendo a lo más profundo del espejo. Alicia, nuestra Alicia, empezó a andar, controlada por un impulso incomprensible, y así de fácil, así de rápido…

Pasó al otro lado del espejo.

Se encontró en un campo lleno de flores… Flores violetas, y un cielo de atardecer. Alicia notaba cómo los ojos se le iban cerrando. Pero pudo distinguir a “Alicia”, que le decía:

–Duerme… Me encontrarás ahí…

Alicia se empezó a tambalear. ¿Por qué era este sueño tan enorme? Poco a poco, fue cayendo, y acabó tumbada boca arriba en ese campo lleno de flores.

Antes de cerrar sus ojos humanos para siempre, vio a “Alicia” y a un monstruo cual serpiente detrás de ella, que pronunciaba con su voz universal:

–Pronto… se unirá a nosotros…”

———–

Nadie sabe qué pasó después con aquella chica, porque fue olvidada por el mundo, incluso por la gente que una vez la conoció.

Pero se siguieron dando casos de gente que desaparecía en sus casas. En uno de esos casos, una familia entera fue destruida. Y casualmente, uno de los miembros se llamaba Alicia.

El único anciano que entendía de aquel mundo, sólo podía decirse para sí mismo:

–El mundo de los sueños ha caído en el abismo de la locura… ¿Llegará el País de las Maravillas a la Tierra?

Hello world!

Buenas a todos!

Somos Karlos y Reiro, creadores de Create Ur Mind. Este blog está destinado a expresar nuestra creatividad, exponer nuestras historias, relatos, poesias, y mucho más! Esperamos que os guste, un saludo.


Karlos y Reiro.

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