SIEMPRE. Capítulo 1

Capítulo 1

RECUERDO

 

 

   Recuerdo muy poco de cuando nací, pero lo único que llega a mi memoria es una imagen, melancólica y sombría: mi mano diminuta intentando alcanzar otra infinitamente querida mientras oigo mis propios sollozos subir el volumen.

   Según me explicaba Mama cuando era pequeña y tenía ansias de entenderlo todo, mi familia me había abandonado en la calle, quizá por falta de interés o quizá por no tener que cargar con un gasto más, pero lo que era seguro, a su modo de entender, es que por amor no me habían dejado sola.

   Mama me encontró en un manto cerca de una alcantarilla, llorando a más no poder, y me llevó al “Ático”. A regañadientes, su marido me aceptó en el hogar. Ella me cuidó, me alimentó, me crió e hizo lo que una madre hubiera hecho por su hija, pero sobre todo… me quiso. Fue la primera y única persona en aquellos tiempos que llegó a quererme de verdad.

   Explico algo que a lo mejor no habrás llegado a entender: el “Ático” es el sub-sótano del apartamento donde nos refugiamos. Se utilizaba antes como parte de un vertedero, pero después vinimos nosotros a alojarnos, ya que no podíamos pagar un hogar mejor y allí nos podíamos esconder de los cobradores. Mama, su marido y yo convivíamos con otras personas que también buscaban el amparo de un refugio.

   Todos los días, dos de nosotros nos turnábamos para salir a la calle y “pedir ayuda”, como lo llamaba Mama delante de mí, aunque me empecé a dar cuenta de su verdadero nombre: mendigar.

   En la calle el suelo estaba helado en el frío invierno, y ardiente en el caluroso verano, pero teníamos que aguantarnos, sentarnos y llamar la atención de la gente. Bueno, yo sólo acompañaba a Mama y me quedaba mirando a las personas, sombras iguales sin un movimiento más que sus pasos. Un caso excepcional era cuando un anciano elegante o una fina dama tiraban una moneda al azar, sin apuntar el tiro, obligándonos a buscar entre los recovecos del suelo, a menos que la moneda cayese en una alcantarilla, lo cual era mala suerte.

   Mama me decía en ciertos momentos de aquel “trabajo”: “Ya lo harás tú también cuando seas más mayor”, y me envolvía en un mantón, que según ella habíamos “cogido prestado”.

 

   Cuando cumplí los 9 años, empecé a darme cuenta de ciertas cosas que Mama me había suavizado, otras que experimentaba en mis excursiones por la calle para buscar comida o  mandar recados, pero sobre todo aprendí que las personas pueden llegar hacerse un gran daño entre ellas de cualquier manera.

   Por ejemplo, recuerdo una vez que la vieja Miss Chapette (así se hacía llamar) se guardó un poco de queso y no mencionó nada a nadie. Pero cuando Mama se dio cuenta y dio la voz de alarma, Luse (un chico de 15 años, muy antipático) se acercó a ella y le dio un gran puñetazo, lo cual creo que para él fue una forma de castigar su tacañería.

   Pero lo que más me llegaba era cuando el marido hacía daño a Mama. Algunas noches, oía gritos que no me dejaban dormir, me levantaba y me escondía en un barril. Echando un vistazo sin que nadie me viese, veía al marido gritarle a Mama, insultándola y reprochándole tonterías sin sentido. Y entonces llegaba el momento del bofetón, o en un caso particular, puñetazo. Mama caía al suelo y se erguía medio tumbada, con la boca emanando gotas de sangre. Después, cuando el marido se iba a dormir refunfuñando, Mama me veía venir y me abrazaba, y yo notaba una gota humedeciendo mi hombro (nunca supe si era una gota de sangre o una lágrima), mientras ella se tragaba su dolor y me decía, como intentando acunarme: “Ya pasó, querida…. ya pasó.”

   Yo empezaba a estar harta del mismo ambiente todo el tiempo, así que un día que le tocó el “trabajo” a otra persona, probé a buscar un lugar distinto. Y explorando por la ciudad, encontré un árbol larguirucho, y detrás de él había otros muchos rodeando un caminito. Yo seguí ese camino, sin pensar siquiera que estaba subiendo por el monte de al lado de la ciudad.

   Así llegué a un prado enorme y verde, con vistas de otras montañas, pero sobre todo, con una clara vista del cielo azul, algo que me impresionaba enormemente. La hierba tenía un olor muy natural, y las margaritas y dientes de león se extendían por el prado, luciéndose ante el sol.

   Desde entonces, empecé a ir todos los días a aquel prado, para refugiarme de mi propio refugio. (Como habrás podido imaginar, no tenía a nadie que me acompañase ni pensase en hacerlo nuestro secreto, ya que o los niños ricos me ignoraban deliberadamente o era Luse quien me daba una patada para que me alejase de él.

 

   Y de este modo, crecí, hasta llegar a los 17 años.

   Mi pelo era negro como el ébano, ondulado y con cierto reflejo de luz. Mi rostro era pálido, pero alguna vez había llegado a sonrojarse, y tenía los labios cortos y refinados. Mi cuerpo era algo delgaducho, pero esbelto. Mis brazos y piernas eran palillos de los que se podían doblar fácilmente. El color marrón invadía el iris de mis ojos, “pequeños pero enternecedores” me solía decir Mama.

   Ah, ¿aún no he dicho mi nombre?

   Me llamo Salyan.

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