Capítulo 2
¿AMIGOS?
Aquel día era de los pocos en Belné (la ciudad) en el que el sol lo iluminaba todo, por lo menos en primavera.
El prado de siempre estaba radiante, lleno de color y aire fresco, pero sobre todo espacio para correr, saltar a mis anchas y disfrutar de un amplio y natural ambiente.
“Un estupendo 5 de mayo” pensaba yo, contenta de que mi tiempo libre hubiese llegado. Mis cabellos ondulantes resplandecían entre la hierba, mientras yo me quedaba tumbada, observando el cielo azul y oyendo cantar a una goldina* que por allí merodeaba.
Cuando mi cuerpo hubo disfrutado lo suficiente del relax, empecé a tararear mi nana. Cuando mi familia me abandonó, lo único que dejaron conmigo fueron un collar de cuero (que siempre lo llevo puesto) y una caja de música, cuya melodía me hacía pensar en el ángel de la guarda que nunca había tenido. A veces, cuando subía al tejado del “Ático” para llorar y pensar, me ponía a cantarla, pues no sabía más melodías, y en la “recolecta”, Mama decía: “¿No habéis oído una goldina por aquí hoy?” y mientras la gente decía lo imposible que era aquel hecho por el tiempo que hiciese, me guiñaba el ojo, indicándome que protegería mi secretillo.
Esa melodía o nana (ya que llegó a dormirme en varias ocasiones) salían de mi boca, expandiéndose por el prado y ambientando el paisaje. Cantar era algo que me hechizaba y me hacía imaginar mil cosas que no fueran mi real situación. Me hacía soñar por tantas veces que los sueños me habían dejado en la oscuridad.
De repente, oí el crujido de una rama y rápidamente me levanté, alarmada. Y entonces fue… cuando le conocí.
Era joven, con bigotillo diminuto y algo de perilla, delgado, alto, de pelo moreno y cara resplandeciente.
–Perdona… eh… –empezó a hablar.
Y durante el silencio que reinó en aquel instante, tuve un presentimiento extraño, como si aquello, insospechadamente, fuese a cambiar mi vida. Pero pensé entonces que se debía a que llevaba sin respirar durante 10 segundos, y solté mi aliento. Noté un ligero sobresalto por parte de él.
–Esto –continuó tras la pausa– ¿eres tú la que cantaba?
Di un paso hacia atrás, silenciosamente, y preparé la postura adecuada para defenderme de cualquier cosa. No me fiaba ni un pelo de ese chico.
–¡Perdona! –exclamó haciendo señas de disculpa– ¡No quería asustarte! Es que te oí cantar y… no sé…
Me fijé por un momento en su postura y su cara, buscando algún indicio de que también fuera a darme una “patada Luse”, pero lo único que pude comprobar es que estaba avergonzado… ¿de qué? ¿de asustarme?
–¡Tranquiila! –su tono se volvió algo más tranquilizador cuando notó mis nervios–. No te haré daño. Me llamo Reiki.
Extendió su mano en mi dirección. Mi cuerpo no reaccionó ni se movió un solo centímetro, aunque estaba deseando dar otro paso atrás. Pero algo dentro de mí me decía que esperase un poco.
–¡Venga! ¡Confía en mí! –siguió diciendo–. Parece que esperas que te dispare en la cabeza –añadió una risita a su pequeña broma.
Entonces, vi un brillo en sus ojos, un brillo que no se reflejaba en ningún muro que hubiera puesto en su mirada, y no sé cómo, al verlo supe que estaba siendo sincero.
Di un paso adelante, y el chico pareció volver a dar un salto, pero se mantuvo en su sitio. Dejé de tensar mi postura y poco a poco empecé a andar a donde estaba. Poco a poco, yo también extendí mi mano hacia la suya.
Y poco a poco, empecé a confiar en él. Reiki…
–¿Estás ahí? –oí su voz curiosa.
Yo estaba ensimismada, ya que él me apretaba sin fuerza la mano y la movía de arriba abajo. Era algo que me resultaba entonces… extraño.
–¿Nunca te han saludado? –cambió su pregunta.
Por primera vez, mi sonrisa se mostró… ¿divertida?
–No de esta forma –respondí, aún sonriendo–. Y tampoco es que me saludasen mucho.
Su mirada contenía un toque de sorpresa, pero le contagié mi sonrisa.
–¿Cómo te llamas? –me preguntó–. Porque espero no ser el único que se ha acordado de presentarse.
Ese chico me empezaba a caer muy bien, y nos contagiábamos mutuamente la soltura.
–Algunos me han llamado “pobrecita”, otros, “niñata”… pero tú puedes llamarme Salyan –respondí, sin importarme haberle revelado aquello. Así de rara es la confianza.
Volví a notar en su rostro que estaba sorprendido, pero contestó a mi presentación: “Encantado” y se dio la vuelta.
–¿Te apetece venir a dar un paseo? –me propuso.
Por un momento, sentí el impulso de dar un saltito de alegría. ¿Era posible que por fin no molestase a alguien con mi compañía.
–Claro –contesté, siguiendo sus pasos, pues ya se había adelantado.
La parte del bosque por la que empezamos el recorrido estaba llena de rites*, bastante juntados y con poco espacio, pero nosotros íbamos haciendo un zigzag por un rumbo que creo que Reiki ya tenía en mente.
–No sé que haces sola en un sitio como éste –iba comentando por el camino–. ¿No tienes miedo de este bosque?
Fui yo la que me sorprendí con esa pregunta.
–¿Tendría que darme miedo este sitio? –fue mi respuesta a aquella pregunta.
Una corta pausa. Imaginé que Reiki estaba pensando algo para sí. Un buen punto en común, pues yo también lo hacía.
–No, si… te entiendo –repuso mientras seguía caminando–. A mí tampoco me asusta este sitio. Es más… es mi refugio… –casi solté un gritito de alegría cuando llegó a esa parte– cuando quiero estar solo.
Lo único que me atreví a decir, fingiendo alegría indiferente, fue:
–¿De veras?
En ese momento, pensé para mí misma:
“No sé que me pasa con este chico, pero me da una sensación… tan cálida”
Había encontrado a alguien muy especial y (tonta de mí) aún no lo sabía. Tras unos minutos de caminata, llegamos al enorme tronco de un roble. Reiki empezó a trepar por él.
–¡Venga, sube tú también! –me gritó desde arriba.
Yo ya tenía cierta experiencia en trepar árboles desde que lo empecé a intentar en mis primeras excursiones, así que en un pis pas, subí y me senté en la rama opuesta a la que estaba Reiki.
El paisaje era distinto que el del prado, pero igual de maravilloso. Las montañas podían verse incluso más cerca, y Belné se veía abajo, pequeña como una casa de muñecas entre un montón de árboles.
–¿Lo ves? –su voz empezaba a sonar melancólica– Este es un buen sitio para reflexionar sobre muchas cosas. Sobre la vida, las experiencias, los amigos…
El tono de mi voz comentó a parecer sombrío con mi respuesta:
–¡Ja, tú tienes la suerte de tener amigos! A mí, cada vez que me he intentado acercar a alguien, me han echado a patadas o han creído deliberadamente que soy invisible.
Un silencio, frío repentinamente, acompañó a las lagrimillas que empezaban a brotar de mis ojos.
–Pues a mí me gustaría… –dijo de forma inesperada– ¡ser tu primer amigo!
Nunca podrá saber cuánto me ayudó aquella frase que me dedicó en ese instante que pareció no tener fin. Había deseado que fuese mi primer amigo, él lo había adivinado y aceptado, y también… ¡lo deseaba! ¡Cuánta sinceridad puede caber en una persona, aparte de falsedad!
Las lagrimillas cayeron, pero ni una más salió. Mi sonrisa volvió, amplia a más no poder, cuando pronuncié una simple palabra:
–Gracias.
El silencio regresó, pero ya no era extraño ni triste. Simplemente, cada uno se concentró en sus propios pensamientos mientras disfrutábamos del ambiente y nos relajábamos.
De este modo, mientras pasaba el tiempo ante nuestros ojos, no nos dimos cuenta (o quizá no quisimos darnos cuenta) de que el crepúsculo del día había llegado.
**************
Hay ciertas palabras indicadas, porque todo esto se desarrolla en un Universo distinto, en un mundo distinto… y por lo tanto, los seres vivos serán distintos, aunque haya cosas en común con la Tierra.
La goldina es un pájaro negro y violeta que es el que mejor canta entre los suyos.
El rite es un tipo de árbol delgaducho, con pequeñas hojitas a su alrededor, y el resto, arriba del todo (como los árboles africanos, pero sin serlo).