SIEMPRE. Capítulo 3

Capítulo 3

DEBILIDAD

 

 

   Creo sinceramente (incluso ahora) que ésa fue la primera noche que dormí totalmente llena de paz. Efectos de la alegría, quizá… o puede que la emoción hubiese hecho su jugada.

   En cualquier caso, los altercados en el “Ático”, las situaciones peligrosas, la angustia por aguantar y muchas más cosas me dejaron de afectar excesivamente, pues por fin había encontrado otra muleta para sobrevivir.

   Cada dos días, Reiki y yo quedábamos de nuevo en el prado, y explorábamos todo el monte (e incluso alguna montaña que nos pillase cerca), disfrutando cada bocanada de aire limpio, andando hasta que nuestras piernas no pudiesen más con nosotros, y en algunas pausas, hablando de nosotros mismos.

   Por lo que me fue contando de él, supe que no vivía en Belné, que estaba de viaje por una reunión de amigos (no me quiso explicar el motivo en ese momento), y por acabar ciertos exámenes para la Universidad de allí (lo cual me tuvo que explicar para que lo entendiese, ya que yo jamás había estudiado). En Belné, no tenía más familia que una tía, que había venido por motivos propios, más bien negocios. Era la dueña de una fábrica de zapatos, y tramaba venderlos por Belné.

   Yo no dudé en contarle mi situación de vida e incluso mi forma de pensar de ella. Puede que me saltase la parte de robar ciertas cosas necesarias o lo indicase resumidamente y con indiferencia para cambiar rápidamente de tema, pero entendió que no era algo fácil de explicar, e incluso no comentó ni preguntó nada.

   Llegó el final de mes, y con él, las primeras señales de que el verano se acercaba. Había días en los que el calor era insoportable y nadie era capaz siquiera de moverse, y otros en los que alguna brisa ligera nos aliviaba brevemente.

   Era un día nublado el que aún no sospechaba que sería especial. Cuando me encontré con Reiki en el extremo del caminito de siempre, tenía un semblante serio, pero no parecía indicar nada negativo.

   -Parece que hoy va a ser un bochorno de tiempo -dijo empezando la conversación.

   -Es lo que tiene este sitio -respondí-. Aquí hacen tiempos extremos.

   – Se ve, se ve… ¿Podemos dar una vuelta por otro camino hasta el Roble Faro, donde te llevé la primera vez? Aún no hemos explorado esa zona.

   -Estupendo. Total, te podría haber propuesto algo parecido.

   Existía un camino alternativo que se adentraba en la parte más densa del bosque, pero sabiendo dónde se estaba, se podía volver de nuevo al mismo sitio o incluso otro conocido.

   Lo seguimos al llegar a él, y empezamos a notar que la sombra se extendía bajo las ramas de los árboles que cubrían casi todo el cielo. Por supuesto, se agradecía con el calor que hacía, pero a la vez… daba escalofríos.

   Entre los troncos, la oscuridad confundía y era dueña de la posibilidad de mostrar siluetas sigilosas y acechantes. A los pocos minutos, se oyó algo. No sabía con certeza lo que era en ese momento, pero llevaba aguantando todo el rato los nervios que tenía e impulsivamente agarré el brazo de Reiki, tensé mi cara y doblé un poco mis piernas. Su sobresalto me dio otro, pero más discreto.

   -¡No me des esos sustos! -se quejó-. Yo también he oído algo, pero no parece peligroso.

   Se repitió el sonido. Era un eco, pero lo pude distinguir como un aullido.

   -Y suena a algo desesperado -siguió hablando-. ¿Es un animal? Espero que la situación no sea grave.

   Seguimos cautelosamente el eco de los agonizantes aullidos. En unos segundos lleamos al sitio de procedencia, y no pude evitar dar un grito ahogado por la impresión.

   Un perro alado, con la cabeza alzada, aullaba buscando ayuda. Era marrón, de pelo corto. Sus alas eran grisáceas y puntiagudas, de un tamaño no muy grande pero que tampoco se podía considerar pequeño. Una de sus patas se había quedado atrapada en un cepo dentado, lo cual, aunque yo no lo estuviese sufriendo, podía comprender que era algo realmente doloroso.

   Rápidamente me dirigí al animalito para socorrerle, y Reiki se quedó donde estaba, anonado por lo que estaba viendo.

   -¿Qué pasa? -le pregunté-. ¿Nunca has visto un perro alado?

   -La verdad… -tragó saliva- es que no. Y no estoy acostumbrado a verlo.

   -¡Aunque sea así, no te quedes ahí y ayúdame! -grité- ¡Este cepo no se abre fácilmente!

   Pareció volver con los pies en el suelo, porque en un pis pas le tenía a mi lado, ayudándome a abrir el cepo. El perrito sacó su pata y su aullido fue como un desahogo tras el dolor.

   Reiki y yo mantuvimos las manos con el cepo abierto, dándonos cuenta de que éste nos podría partir los dedos al cerrarse. A la señal de “un, dos, tres” sacamos las manos a la vez y de forma rápida, y el cepo se cerró, dando un mordisco intenso en el aire.

   El perrito se había escondido tras el rite más cercano, temblando. Fui acercándome a él lentamente, diciendo:

   -Tranquilo. No te pasará nada. Tranquiilo…

   Oí detrás mía a Reiki decir:

   -Mira por dónde, esto me recuerda a algo…

   Moví la cabeza para mirarle, y pude atisbar una sonrisa. Comprendí a lo que se refería, y sonreí también. Volví a donde estaba y seguí acercándome al oculto animal.

   -¡Ah, no me acordaba! -escuché que Reiki comenzaba-. La época de  caza ha empezado antes que de costumbre. Se me olvidó avisarte de que tuviéramos cuidado de las trampas que han colocado por todo el bosque.

   -Y el pobre se habrá quedado deambulando al perder a sus compañeros -dije.

   Mi mano fue aproximándose a su hocico. El perro ni se inmutó. Pero cuando mis dedos se acercaron lo suficiente, él se fue confiando, bajó las alas y salió de detrás del árbol, mirándome fijamente.

   Le sonreí, y creo que con eso adivinó que yo quería ser su amiga. En un momento le tenía en mi regazo lamiéndome la cara como dándome las gracias por el favor.

   “Pobrecito. Tú también te has quedado solo…” pensé para mí misma.

   Y le abracé suavemente. Me ahorré el lujo de dejar salir una sola lágrima. No quería exponer a la luz mi debilidad esta vez.

   El perrito sacó su cabeza sobre mi hombro, y echó un vistazo a Reiki. Él también, poco a poco, se dirigió a donde estábamos, y el perrito saltó de mis brazos, fue corriendo hasta Reiki, y cuando éste le puso la mano, para acariciarle, se la lamió de golpe.

   Reiki apartó la mano, como asustado, pero se calmó.

   -Repito -volvió aindicarme-, no estoy acostumbrado a este tipo… de animales.

   El animal se quedó dando saltos entre nosotros. Yo me puse de pie e intercambié con Reiki miradas intuitivas.

   -¿Se va a quedar con nosotros? -preguntó al haber adivinado mis intenciones.

   -No por mucho tiempo -contesté-. Creo que se ha alejado de su jauría porque estaba cansado del largo viaje. En esta época, se van a sitios frescos o más fríos, porque no aguantan este calor con su piel. Tendremos que esperar con él hasta que otro grupo de los suyos pase por aquí.

   -Está bien… -dijo Reiki.

   Mirando al perro, me preguntó:

   -¿Es… peligroso cuando se enfada?

   -Hombre… muerde y te puede cortar de cuajo la mano, y ladra que no veas. Pero nada importante -respondí con esa irónica broma.

   Le costó intuir que no hablaba en serio. Seguimos nuestro rumbo al Roble Faro, con el perrito siguiéndonos. Encontramos en una ocasión otro cepo, pero por suerte estaba lejos de nosotros, y el perro sólo gruñó, sin intentar volver a caer en el mismo error.

   Al final, llegamos al Roble, y nos subimos en las ramas que recordábamos. El perrito, por su parte, se quedó volando y revoloteando cerca de donde estábamos.

   Tras un silencio tranquilo, Reiki comenzó a hablarme:

   -Yo… nunca he contado esto a nadie, y creo que puedo confiar en ti, porque no te reirías de mí.

   -¡Buah! -respondí-. Tranquilo. Ni una sola carcajada saldrá de mi garganta.

   -¿Sabes? Soy músico… es decir, alguien que se dedica a la música, que le da una forma de expresión, y que hace nueva música.

   -¿En serio? -inquirí, asombrada. A mí me gustaba lo poco que había oído de música, pero tuve el presentimiento de que nunca llegaría al nivel que él tenía.

   -Sí… y por eso, he hecho con unos amigos un grupo. Un grupo de gente que comparte la misma ilusión, y que tocan todos juntos música, para ellos mismos y para el resto de personas.

   -¡Eso está genial!

   -¿Verdad que sí? Y este verano empieza un concurso, de grupos y cantantes (personas que cantan), que te lleva a la fama en el mundo entero. Ahí es cuando me pongo a imaginar… a fantasear sobre lo lejos que podríamos llejar. Y aquí es donde te quiero decir esto confidencialmente, Salyan… Hace tiempo un profesor muy especial me dijo: “Hay cosas muy poderosas que pueden llegar a más de un mundo, incluso combinadas con otras, y creo que las artes, combinadas con algo poderoso como los sueños y los sentimientos, también pueden”. Mi sueño es… que mi música llegue lejos, realmente lejos, incluso hasta mundos desconocidos.

   Tras un momento en el que Reiki se adentró en sus pensamientos, dije:

   -Quisiera ayudarte, pero creo que no lo necesitarás. Yo sé que algún día… conseguirás cumplir tu sueño.

   -Ya me estás ayudando -me contestó-, dándome confianza. Y aunque sé que es difícil que consiga cumplir mis expectativas, contigo se me hará menos duro.

   Noté que el perrito, de vuelta de su excursión, estaba delante mía, mirándome con un brillo en los ojos.

   -Me gustaría ponerle un nombre -dije.

   -¿Para qué, si no es nuestro? -me preguntó.

   -Para poder reconocerlo entre sus compañeros si nos lo volvemos a encontrar, cosa que dudo. ¡Pero me hace ilusión!

   -Como quieras.

   -Me gustaría un nombre corto, pero mono, sobre todo.

   -Mi tía tenía un gato, descanse en paz -añadió esto último con sarcasmo-, que se llamaba Meru.

   -Mmm, no me convence. Meru… Mebu… ¿por qué no Mibu? ¡Estaría bien!

   -Sí, adelante.

   Me dirigí al perro y le dije:

   -¡Hola, Mibu! ¡Mibuu! ¡Ven aquí!

   Mibu (ya recién bautizado, por así decirlo) soltó un ladrido alegre y apoyó su cabeza en mi vientre, mientras yo me ponía a acariciarle.

   De repente, Reiki y yo empezaos a oír, a lo lejos, un batir constante de alas. Luego se transformaron en aullidos, y después, en ladridos. Mibu movió la cola, contento por haber encontrado otro grupo.

   -Oh, ¿ya te vas? -le hablé, con tono melancólico-. Qué pena… Me lo estaba pasando tan bien contigo…

   Mibu me miró con cara tierna, como diciéndome “gracias”. Se puso a mover las alas, voló hasta Reiki, le lamió la cara y luego se fue con sus nuevos compañeros, uniéndose a sus ladridos hasta que dejaron de sonar. La jauría ya no era más que unos puntitos entre las nubes.

   -¡Uahh! ¡Qué asco! -exclamó Reiki-. Espero poder volver pronto a casa para lavarme la cara. Pero creo… que en el fondo ese chucho me empezaba a caer bien.

   Sonreí con él, mientras las nubes empezaban a oscurecerse, y caía la primera gota de una intensa lluvia nocturna.

 

****************

 

    Cuando volvimos a entrar en la ciudad, Reiki me miró de nuevo seriamente, y se quedó quieto, plantado en su sitio.

   -¿Qué ocurre? -le pregunté, intrigada.

   -Me gustaría que hoy me llevases a donde vives. Ya sabes, para conocer un poco más de ti, y tal… -repuso él.

   Mi cara se tornó pálida en un segundo. La localización del “Ático” era algo totalmente secreto, pues quién sabe si la Guardia Nacional podría echarnos a todos de allí y dejarnos sin refugio… sóo con que alguien supiese nuestro secreto y lo dijese a alguien más.

   -No será por algo más, ¿verdad? -inquirí, empezando a ponerme nerviosa.

   Reiki intuyó que no era algo tan sencillo lo que me estaba pidiendo, pero no se alteró y me respondió:

   -No, al menos, no ninguna conspiración por mi parte -se rió de sí mismo, lo cual me puso más nerviosa-. Pero sí es que está empezando a llover y mi casa está lejos. Me quedaría hasta que dejase de llover.

   Suspiré. Definitivamente, no iba a salir nada bueno de aquello. Le agarré de la muñeca con fuerza, me acerqué bruscamente hasta que su oído quedó al lado de mi cara y le susurré:

   -¿Prometes no decir a nadie más lo que veas, uelas, oigas, toques o sientas en ese sitio?

   Reiki llevó mi cara a sus ojos con la mano, y mirándome me dijo:

   -Lo prometo, porque empiezo a intuir que es importante para ti.

   Su sinceridad parecía no tener explicación. En cualquier caso, agarrándole vigorosamente, le llevé a la esquina de la posada y nos escondimos un segundo. Miré discretamente si alguien nos seguía o nos veía, y recorrimos la pared pegados a ella.

   Recuerdo que Mama me dijo para que no me perdiese: “En la mano izquierda de la posada, al fondo, busca la S, baja las escaleras, y en la pared derecha, con 10 pasos y 3 golpes, las palabras “Libertad para la voluntad” te dejarán entrar. Pero si alguien te ve, la desgracia atacará a tu espalda.”

   Repetí todas las indicaciones, una a una. En la parte izquierda de la posada, la primera puerta de madera y gris del fondo tenía una S diminuta marcada cerca del pomo. Abrí la puerta y bajamos las escaleras. Aproveché para mirar a Reiki y noté que parecía asombrado.

   El vertedero de la ciudad era bastante espacioso, y olía bastante mal. Reiki una vez me advirtió sobre mi olor, pero le hice asegurar que no lo notaba mucho. Los encargados del sitio, que nos conocían y entendían nuestra situación, procuraban dejar allí la basura con la mayor discreción.

    La pared de la derecha era bastante grande, pero yo sabía dónde se ocultaba la entrada. Di 10 pasos y golpeé la pared tres veces diciendo en voz baja:

   -Libertad para la voluntad.

   Al momento, la parte central de la pared giró 90 rados, y dejó un hueco para que ambos pudiésemos pasar. Le di la mano y le metí en el hueco conmigo. Cuando entramos, la pared volvió a su estado anterior.

   -¿Cómo habéis…? -balbuceó Reiki, anonado.

   -¿Conseguido esto? -acabé su frase-. Entre nosotros, tenemos un mago que usa magia de la buena. Aparte de reconocer la frase, la pared detecta la mano y determina si es conocida o no. Bueno, ¡sígueme, no te quedes ahí parado!

   La entrada principal era muy simple, pues sólo tenía un grafiti con una lanza partida en dos. Descendimos por las escaleras de un torreón que estaba a la derecha de la entrada. Las escaleras eran angostas y estrechas, y cualquiera podría tropezarse y romperse la crisma.

   Acabamos en otra puerta aún más estrecha. Saqué la llave que tenía guardada en mi canalillo (Reiki desvió la vista instantáneamente), abrí la puerta y pasamos al “Ático”.

   Era una bodega algo baja de altura pero muy amplia. Lo único que la ocupaba, aparte de la gente, eran barriles y mantos tirados por el suelo. El ambiente era húmedo y algo sucio, pues las alcantarillas estaban justo debajo de nosotros, y a menudo veíamos a las ratas dar sus paseos por cualquier rincón.

   -¡Madre mía! -exclamó Reiki.

   -¡Shh! -le chité en voz baja y tapándole la boca- ¿Quieres que nos descubran? Nadie se ha enterado TODAVÍA de que no he venido sola.

   -¡Bah, si quí no veo a nadie! -repuso Reiki, bajando el volumen de su voz-. Además, pronto me iré.

   -Eso espero -le dije, de forma cortante.

   -¿Tenéis vino en estos barriles?

   -No. En ese sentido, están vacíos. Pero están llenos de nuestra ropa y objetos personales, aunque a veces la gente se los… “intercambia”.

   No me importaba que supiese esos detalles, pues de todos modos, él ya había visto demasiado. Reiki comprendió el doble sentido de lo último.

   -¿Y todas esas mantas tiradas por el suelo? -continuó así su ronda de preguntas.

   -Son para dormir, aunque la humedad de este sitio nos lo pone difícil.

   -La verdad es que en estos días de calor viene bien el fresco.

   -No te creas. Los que no están acostumbrados, cuando hace un poco más de frío, pueden resfriarse e incluso congelarse.

   -Siguiente pregunta: ¿por qué llamáis a esto el “Ático” si esto es un sub-sótano?

   -Nunca me lo explicaron, pero sé por qué. No nos… llevamos bien con las autoridades de arriba, y no queremos que nadie sepa dónde vivimos para que ellos no se enteren y nos echen de aquí. Por eso lo llamamos el “Ático”. Hablamos en código incluso entre nosotros, para que si algún día oyen hablar de esto y suben arriba, al ático, no nos busquen abajo. Al menos, eso creo. Dios… no sé por qué te estoy contando todo esto.

   -Tranquila. No tienes que contarme más. Creo que ya sé suficiente.

   Me alivió bastante esa respuesta. Reiki rodeó mi cuerpo con su brazo, y me dejé caer un poco. Estaba realmente exhausta.

   -Con esto puedo y quiero demostrarte que desearía confiar en ti -le dije, de la forma más firme posible-. Prometiste no decir nada. ¿Cumplirás tu afirmación?

   -Mejor dicho, lo prometo -dijo, seguro.

   No necesitamos decir nada más, ni pudimos. Oímos una voz (totalmente conocida para mí) inquirir en alto:

   -¿Ya has vuelto, niñata?

   Rápidamente, empujé a Reiki, para que se metiese tras el barril más cercano, y le indiqué con el dedo que no hiciese ni un solo ruido. Contesté al marido de Mama:

   -Sí, Merrill.

   Avancé hasta donde él se encontraba, y en cuanto le miré, me devolvió la mirada con hostilidad.

   -Has llegado muy tarde. No tendrías que estar tanto tiempo fuera.

   Estaba borracho. Olía a alcohol fácilmente (y aunque hubiese vivido tanto tiempo con ello, aún no sabía de dónde lo habría robado). Me erguí, y entonces vi a alguien tirado en el suelo. De su boca salía un charco de sangre.

   -¡Mama! -grité, alterada.

   Corrí hasta donde yacía, y la puse boca arriba. Estaba casi desmayada, y respiraba todavía.

   -Esa hija de puta… la pillé otra vez cogiendo de mi barril lo que no debe -escuché decir a Merrill.

   Durante un instante, el ambiente quedó totalmente cargado, y mi labio sufrió de un mordisco la rabia que empezaba a invadirme.

   -Tú eres el hijo de puta aquí… -susurré, temblorosa y en bajo, pero con el suficiente volumen para que me oyese-. Si no es por esto, es por otra cosa.

   Me levanté enérgicamente. Las lágrimas tanto tiempo guardadas empezaron a caer, y pintaron el tono de mi voz con el color de la ira.

   -¿Es que no te vas a cansar hasta matarla? ¡Dime, cabrón, que te haces llamar su marido!

   -Con que… la niñata es quien juzga ahora aquí, ¿eh? -noté que daba un paso directo a mí-. Ya decía que ella era demasiado buena contigo. Te ha mimado y malcriado para que luego seas una zorra de mierda… Niñata…

   Mi aguante había llegado a un límite, y aparte, el ataque de furia era difícil de calmar. Me levanté, y le di una sonora bofetada. El tiempo pareció pasar lentamente en aquella pausa, y entonces observé la cara de ese vil hombre. Su rostro contenía enfado y rabia, pero a la vez excitación y satisfacción.

   -Acabas de ser una niñata mala, ¿sabes? Una niñata muy mala -decía mientras se iba aproximando a mí, tambaleándose pero de forma amenazadora-. Ya es hora de que sientas la mano dura que tanto te ha faltado, zorra… Unos azotes no te irán mal…

   Su ceguera le hacía ir torpemente, pero yo tenía una ligera idea de lo fuerte que podía ser cuando se enfadaba, y sabía que en ese caso, acabaría conmigo. Algo del temor que me faltó en mi arranque volvió a mi mente.

   Me posicioné para defenderme y darme una patada en sus partes, pero no me dio tiempo. Un súbito empujón me llevó directa a la pared. Mi cabeza daba vueltas y me dolía, pero aún seguía consciente. Oí un puñetazo y presencié cómo Merril caía de rodillas al suelo. Rápidamente, Reiki me levantó enérgicamente e intentó sacarme de allí.

   Pero me resistí. No podía dejar a Mama en manos de ese borracho.

   -¡Mama! ¡Ella… tengo que…! -chillaba con angustia, rebelándome a los brazos de Reiki que me sujetaban.

   -¡Estará bien! ¡Tenemos que salir! ¡Ya! -me gritó al oído como para que lo oyese alto y claro.

   Yo ya no pude llevarle la contraria. Su firmeza era poderosa, y no era capaz de hacer nada contra ella. Salimos corriendo de la bodega, y subimos las escaleras, tropezando cada dos por tres, pero sin lograr caernos.

   Subimos a la entrada, y al llegar a la puerta, Reiki me instó:

   -¡Vamos! Di lo que tengas qeu decir para salir de este sitio.

   -Pero… Mama… -me faltaba aliento para seguir hablando.

   -¡Te repito que estará bien! ¡Siempre ha sabido sobrevivir! ¿Recuerdas? -repuso, poniéndome directamente en frente suya y sacudiéndome para hacerme reaccionar.

   Empecé a recobrar el aire, y dije lo siguiente:

   -Luchar para realizar.

   La pared volvió a abrirse, y nos marchamos del “Ático”, del vertedero y de la puerta con la S hasta volver a la posada. Llovía intensamente y a torrenciales, y se podía percibir algún que otro trueno.

   -¡Vamos! -exclamó Reiki, cogiéndome de la mano con vigor-. Te llevaré a casa de mi tía sin que nadie nos vea salir de aquí. No debes volver donde está ese hombre.

   Sin darme tiempo a contestar, comenzamos a correr a galope y atropelladamente a través de la lluvia, que nos empapaba fieramente. Yo aún seguía algo atontada por el golpe que me había dado, y por eso no me acordé de mirar el suelo.

   Mi pie hizo hincapié en un agujero de una losa de la carretera, y me caí de nuevo. Antes de que la oscuridad me ahogara por complet, oí unos gritos desesperados llamándome por mi nombre.

   -¡Salyan! ¡No! ¡SALYAAAN!

   Mi consciencia me dejó fugazmente. Otra vez, volvía a demostrar que yo sólo era como cualquier otra persona…

   Débil.

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